Por Yola Mamani
El trueque antiguamente era común en las áreas rurales andinas, desde
tiempos precolombinos; las personas intercambiaban lo que producían en sus
tierras. Así, por ejemplo, las y los habitantes de tierras bajas producían
madera, yuca, plátano entre otros alimentos, artículos de trabajo y materia
prima. En tierras altas, en el Altiplano, producían papa, chuño, haba, trigo y
otros, y en el valle abundaban variedades de apetitosas frutas. Todo era
llevado al mercado para el intercambio, porque así se abastecían los pueblos
cuando el dinero no tenía la importancia de hoy y cuando los ingresos
económicos eran inexistentes o insuficientes, como sigue ocurriendo ahora.
El trueque también era una manera de fomentar el crecimiento de los diversos
pisos ecológicos del país; pero representaba además un continuo intercambio de
conocimientos, lo que enriquecía las experiencias en la agricultura.
Nuestros abuelos y abuelas intercambiaban sus productos de igual a
igual, con medidas convenidas por ambas partes, podían ser costales, platos de
barro, sombreros, latas, canasta o ch’ala, que es un montoncito del mismo
tamaño por similar producto. Así si te daban papa, recibías la misma cantidad
de yuca, por ejemplo, es decir que el trueque implicaba también que los
productos tengan similares características.
Esta práctica favorecía a las y los agricultores que no precisaban
necesariamente dinero para adquirir productos que no tenían en sus tierras;
además era una forma de fomentar el respeto y la reciprocidad. Solía hacerse
con más frecuencia en las ferias rurales dominicales, quincenales y anuales,
según la época. También se extendió, en menor medida, a las ciudades, de la
mano de personas emigrantes, sobre todo entre amigas, vecinas, comadres. Esto
puede verse en la ciudad de El Alto, pero de manera esporádica.
Hoy en día el trueque o intercambio de productos se mantiene en pequeñas
comunidades, como las que están próximas al lago Titicaca; también en algunas
provincias como Omayusus, por ejemplo en Achacachi, Warisata, y otras. Las y
los pobladores suelen intercambiar pescado fresco y seco, habas, maíz, oca,
papa, chuño, arveja, trigo, quinua, por sal, por frutas variadas, por arroz y
otros.
Sin embargo, con mucha pena debo contarles que a pesar del discurso de
descolonización y de recuperar lo que nos han enseñado nuestros abuelos y
abuelas, la práctica del trueque se ha tergiversado y está ocasionando un gran
perjuicio a quienes abastecen de alimentos a las ciudades.
Seguramente siempre hubo gente que trataba de aprovecharse de la buena
fe de las y los agricultores, pero esto ha ido en aumento, sobre todo porque
quienes se quedan en el campo son personas ancianas que no tienen como
defenderse. Ahora, se están beneficiando las y los intermediarios, comerciantes
urbanos y propietarios de restaurantes que están recurriendo a esa milenaria
práctica y que se trasladan a las ferias rurales. Estas personas, que tienen el
objetivo de ganar lo más que puedan, se están aprovechando vilmente de las y
los pequeños agricultores que no tienen posibilidades de llevar su producción a
las ciudades. A cambio de productos altamente nutritivos como quinua y papa,
por ejemplo, les dan fideos chinos de preparación instantánea, enlatados
abollados y con fechas vencidas, gaseosas, incluso frutas prácticamente
podridas y pan enmohecido.
Estas personas inescrupulosas primero piden el producto y lo revisan con
cuidado para cerciorarse de que esté en buen estado; luego entregan sus
productos dañados sin dejar siquiera que sean revisados. Cuando las y los
agricultores se dan cuenta del engaño y les reclaman reciben como respuesta
gritos e insultos en español, y no les queda más que callar sobre todo porque,
en su mayoría, son abuelas y abuelos. ¿Quién controla lo que se consume en las
áreas rurales?
Una abuela me contó que una vez unas intermediaria llegaron en carro en plena época de cosecha y les cambiaron arrocillo con excremento de ratón por papa; como les dieron bolsa cerrada no pudieron verificar la calidad de lo que recibían. Eso es inadmisible. Mucha gente en el campo ya ve esto como algo normal. ¿Eso es vivir bien? En tiempos de una supuesta descolonización y de recuperar lo que nuestros abuelos y abuelas nos han enseñado, lo peor de las ciudades está inundando las áreas rurales y estamos envenenando a quienes nos entregan lo mejor de sus cosechas y abastecen de alimentos a las ciudades.
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