miércoles, 20 de febrero de 2013

LOS INSTITUTOS FANTASMA


Por Martha Huallpa

En los primeros meses del año aparecen muchas ofertas de institutos y centros de capacitación técnica que promocionan diferentes carreras con costos increíbles, incluso educación gratuita, enseñanza con los mejores docentes y títulos en distintos niveles.

Durante los dos años pasados, nuestro programa demostró, con investigaciones, la falsedad de las ofertas de estos institutos. Muchos de ellos ni siquiera están inscritos en el SEDUCA y no tienen la calidad de formación que ofrecen.

Las y los estudiantes que quieren superarse después de salir bachilleres buscan la mejor opción, una que convenga a su bolsillo y a las expectativas de vida que tengan. Pero es ahí cuando los institutos, no avalados por el Ministerio de Educación, se aprovechan de su buena fe y de la necesidad de cientos de jóvenes y les cobran desde la matrícula, hasta las mensualidades por adelantado; incluso les proponen hacerles descuentos si llevan más personas interesadas en estudiar. Para el pesar de mucha gente, pocos meses después de comenzar la nueva carrera por la que pagaron, el instituto se cierra, porque hay muchos casos de centros de educación fantasma, es decir que son abiertos temporalmente para recaudar dinero de personas que no averiguaron si el registro que muestran es real.

Desde nuestro programa queremos pedirles que antes de que se inscriban o inscriban a sus hijos e hijas en cualquier instituto, verifiquen si la resolución ministerial que les muestran es verdadera. Hagan lo mismo con las universidades. Lamentablemente, el Ministerio de Educación, que debería ocuparse de que no se produzcan estos fraudes, no fiscaliza a estos institutos. Esto nos consta, porque durante los dos años que hemos hecho el seguimiento, no ha resuelto ningunos de los casos que hemos denunciado. De todas maneras, pueden dirigirse al SEDUCA o al Ministerio de Educación a exigir que les muestren la lista de institutos y universidades autorizadas para impartir educación superior. De lo contrario, no sólo tendremos jóvenes frustrados sino que estaremos permitiendo que gente inescrupulosa se enriquezca.

LA FIESTA DEL CARNAVAL



Por Victoria Mamani

Cuando escucho el estribillo de una conocida canción carnavalera: “estos carnavales quién inventaría”, no puedo evitar comparar las fiestas de hoy con las de antes. Cuando yo era niña, en los años setenta, ochenta, el carnaval en mi pueblo era de lo más lindo. Para esa fiesta mi abuelo cosía polleras para mí y para mi abuela; utilizaba bayeta de tierra y la teñía de diferentes colores para que se asemeje a las flores del campo. Eso me decía. También me decía que las niñas eran como los primeros productos de la cosecha, tiernas y inocentes, y que por eso debía ponerme polleras coloridas.

Mi abuela cosechaba las primeras papas y cocinaba un rico ají de conejo. Los niños y niñas solíamos salir y jugar al gana gana para recoger las flores del campo y llevábamos a los animales a pastar en los mejores campos.
El lunes de carnaval las mujeres de la comunidad, incluida mi abuela,                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              iban a ch’allar los cultivos; entraban al medio de los surcos de la papa, sacaban los primeros frutos y luego, como intercambio, enterraban confites y frutas, como durarnos, lujmas, peras, y coca, en agradecimiento a la Pachamama, la “madre tierra”.

Las pampas y los cerros donde había cultivos parecían jardines llenos de flores silvestres. En esas épocas los frutos se producían naturalmente, sin químicos; no había contaminación. Hacíamos banderines de papel de seda y no utilizábamos, como ahora vemos,  globos o banderines de naylón que sólo dañan el medio ambiente y nos llenan de basura.

El martes de ch’alla era el encuentro de familiares, ayjados y ayjadas. A las seis de la mañana recibíamos a las visitas que llegaban con flores y confites. Empezábamos a ch’allar los alrededores de la casa y las puertas; en los techos colgábamos flores ensartadas en lana y papel de seda cortada en diferentes figuras. Luego ch’allábamos con vino, alcohol y coca, agradeciendo y pidiendo a la madre tierra el bienestar de toda la familia. También hacíamos la t’ikacha, que es adornar con cintas y pompones de lana las orejas, de las crías de ovejas, llamas y vacas. El adorno es también la manera de marcar a los animales para que, aunque se mezclen, cada quien sepa cuál es el suyo.

También había fiesta y los mayores bailaban música autóctona, como tarqueada, moseñada, pinquillada y anatiri; las mujeres se vestían con polleras y awayos multicolores, y cargaban los frutos recién cosechados.
Hoy en día vemos que estas costumbres sanas se están perdiendo en los pueblos por la influencia de la ciudad. 

Como resultado de la  globalización las fiestas se han mercantilizado y, lamentablemente, nos hemos vuelto consumistas de productos chinos de contrabando y hay desde globos hasta banderines de todo tipo.

Como  hemos visto en estos carnavales, la entrada de lunes, eljisk’a anata en la ciudad de La Paz antes era de danzas autóctonas; las comparsas de ch’utas deleitaba con sus pasos y bailaban las y los vendedores de los mercados populares como el Rodríguez; también participaban los productores del Río Abajo y de otras comunidades. Así  se desarrollaba la jisk’a anata. Pero ahora vemos que hay una mezcla de danzas con caporales, kullawada, morenada. Además hay bailes que no tienen nada que ver con el carnaval paceño. Esto hace que el jisk’a anata pierda la originalidad. Pienso que para estas danzas folclóricas hay otros espacios, como el gran poder, entrada universitaria y las fiestas zonales.

Por último pude ver también la farándula de mayores. Lamentablemente, una de las atracciones de esta entrada son los hombres disfrazados de mujer, con prominentes senos y nalgas hechas con trapos y globos inflados. Con actitudes grotescas, estos hombres se levantaban la pollera o el vestido de frente al público y también mostraban los pechos exagerados. Esto es parte del machismo de nuestra sociedad, es decir la ridiculización de las mujeres, por considerarnos seres inferiores a ellos y que, por lo tanto, no merecemos respeto; con esas acciones también insinúan que las mujeres provocamos los abusos y violaciones que se producen con tanta frecuencia. Ver esto es indignante y humillante para nosotras las mujeres. A propósito de esto, no puedo dejar de mencionar que el periódico El Deber de Santa Cruz celebró sus 60 años el viernes 15 de febrero y lo hizo con una fiesta de disfraces. Los ganadores fueron el jefe de Redacción, Tuffi Aré, que se disfrazó de mujer caporala y el jefe de informaciones, Roberto Doti, disfrazado de chola paceña. Sus fotos están circulando en el facebook. Obviamente, el objeto de risa no eran ellos sino las mujeres a las que representaban. Con ese antecedente y haciendo una generalización que no es arbitraria, no es raro ver cómo los medios de comunicación enaltecen estas expresiones machistas, haciéndolas ver como iniciativas llenas de originalidad. Tampoco es raro ver que con una ley contra el racismo y las formas de discriminación, las autoridades, nacionales y municipales, no actúen en estos casos que, claramente, son discriminatorios.

 El carnaval no tiene por qué continuar siendo otro espacio para que los hombre menosprecien y se burlen de las mujeres.



VIOLENCIA, MALDITA VIOLENCIA, ASÍ COMO DICE LA CANCIÓN


Por Yola Mamani

Pues la violencia en todos los ámbitos y circunstancias es repudiable, porque además esta violencia generalmente viene de aquel hombre con poder económico, social, político y físico.

La violencia contra las mujeres también es una manifestación del poder que la sociedad patriarcal les ha dado a los hombres sobre las mujeres. Los hombres creen que las mujeres les pertenecemos y creen que tienen el poder de acabar con nuestras vidas, matándonos o anulándonos como personas. Y es peor en el caso de militares y policías, que se forman en escuelas de violencia y que suelen contar con la complicidad de sus mismas instituciones que son una garantía de impunidad para los agresores.

Es el caso del policía Jorge Clavijo Ovando, quien, sin piedad, asesinó a su esposa Hanali Huaycho con 15 puñaladas, delante de la mirada de su pequeño hijo de 5 años. Este hecho nos ha consternado a todos y todas, pero en especial a las mujeres, porque este tipo de crímenes ocurren con demasiada frecuencia, aunque no siempre tiene la gran cobertura de los medios como en esta ocasión. Miles de mujeres mueren en manos de sus maridos, concubinos, novios y enamorados y ningún periodista ha salido a marchar por ellas, como ocurrió con la marcha de la semana pasada, y menos ha aparecido alguna ministra oportunista, como las que vimos en esa marcha, la de Comunicación, la de Autonomías y la de Transparencia.

Nosotras, como mujeres, tenemos que denunciar y no quedarnos calladas, de lo contrario son convertiremos en cómplices de este tipo de crímenes que ocurren a diario con las mujeres.

Como trabajadora del hogar he visto con mis propios ojos cómo mi empleador comenzaban a gritarle a mi empleadora, por cualquier cosa, y muchas veces terminaba golpeándola, le arrastraba de los cabellos, le dejaba moretones en la cara, que ella escondía con maquillaje para ir a trabajar. Encima de pegarla, la humillaba; todo el tiempo le decía que era una sonsa, para lo peor lo hacia delante de otras personas que nada tenía que ver en el asunto. Y estoy hablando de un hombre que viene de una denominada “buena familia”, un hombre profesional

Cuando vi por primera vez cómo mi jefe la golpeaba a mi jefa, me asusté mucho y solía esconderme bajo las gradas, porque entonces todavía era niña y encima era muy tímida. En mi casa tampoco había visto nunca que mi papá la pague a mi mamá, nunca. Pero al ir creciendo me armé de valor y me ponía del lado de mi empleadora y nos defendíamos entre la dos de mi empleador machista y violento.

Teníamos que aguantar de todo, porque él era el jefe de familia y el prácticamente mantenía la casa con su sueldo, porque la señora ganaba muy poco. Y yo por ser una imilla bocona, como me decía, y por alzarle la voz al jefe tenía que aguantar sus amenazas, muchas veces me decía que no me iba pagar mi sueldo, sí es que seguía sacando cara por su esposa.

Viendo tanta agresión, a mi empleadora yo le decía que vaya a denunciar ante las autoridades y ella me decía que no me metiera, y que no le cuente a la señora de la tienda. Y cuando me dijo eso yo le pregunté ¿por qué tanto le aguantas?... ¿a qué le tienes miedo? ¿acaso tú eres como nosotras ignorantes, que desconocemos las leyes? así le decía para que por lo menos de esa forma reaccione. Pero nunca lo hizo. Casos como estos hay un montón y nosotras las trabajadoras del hogar somos testigos de la violencia que se ejerce en los hogares donde prestamos nuestros servicios.

Ahora viajando a las áreas rurales para hacer entrevistas, también veo a muchas mujeres con los ojos verdeados y la cara llena de heridas; las compañeras casi siempre están temerosas, casi no hablan y si es que hablan lo hacen sin elevar la mirada y se cubren la cara con el sombrero para que el resto no se entere que su marido es un violento. Y cuando les preguntas si su marido la golpea, ellas siempre te dicen que no, aunque esté llena de moretones.

Entonces ahí podemos ver que nuestra sociedad sigue con una mentalidad machista y muchas mujeres tienen vergüenza de que se enteré la gente y peor de denunciar, porque sabemos que a muchas mujeres lo primero que le dicen en la Policía es ¿qué habrás hecho para que te pegue? Los que deberían sentir vergüenza son los agresores y también las autoridades de las comunidades que mantienen y defienden los usos y costumbres que nos someten y encubren la violencia. Por ejemplo en las áreas rurales te vas a quejar al secretario general, pero lo que hacen es hacerte sentir culpable y se vuelven conciliadores para que sigas viviendo en violencia; las mismas mujeres te dicen “tu marido es pues, tienes que nomás aguantarte”. En eso acaban las denuncias en las áreas rurales. Por eso para acabar con la violencia es muy importante también cuestionar nuestra cultura.

Yo me pregunto ¿acaso tenemos que morir para que la gente reaccione? ¿O morir para  que los políticos  te manejen como su bandera?

Tanto están hablando de la ley del feminicidio, pero nada bueno sale cuando se trabaja al  calor del momento. Como mujer trabajadora espero también que no sea una más de tantas leyes que ya tenemos y que no se aplican, porque los mismos que hacen las normas son quienes las infringen y qué mejor ejemplo que el asambleísta de Chuquisaca Domingo Alcibia, ya saben quién es, el legislador que violó a una trabajadora en el mismo recinto donde se dictan las leyes.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

MIGRACIÓN


Por Gaby Mamani

Las trabajadoras asalariadas del hogar emigramos por muchas razones a la ciudad, una de ellas es la falta de oportunidades en nuestros pueblos, ya que el gobierno nacional y el municipal no apoyan a la producción agrícola. En la mayoría de las comunidades producimos para la subsistencia diaria.

Las mujeres que llegan del campo generalmente se emplean como trabajadoras del hogar o se convierten en vendedoras ambulantes, y los varones se dedican a oficios como la albañilería, o se vuelven cargadores o ayudantes del transporte público, entre otras actividades.

Estos trabajos no tienen ningún tipo de seguridad social, es decir que no te garantizan la jubilación, seguro de salud y ni siquiera el salario, pues muchas veces te pagan un monto menor al fijado por ley del Estado Plurinacional.
Si para las personas que viven en las ciudades es difícil encontrar trabajo, para la gente emigrante lo es mucho más, porque debemos adaptarnos al ambiente citadino, al idioma y al ritmo de vida.

Cuando una comienza a trabajar en la casa de una familia, se puede encontrar con distintos tipos de personas, y cada vez que vamos a una casa estamos obligadas a aprender las costumbres de los jefes y nuevamente comienza el proceso de adaptación, que por cierto, no es nada fácil. Algunas empleadoras o empleadores son amables, valoran el trabajo que se realiza en el hogar, pero otros no entienden que también las trabajadoras somos seres humanos que sentimos frío, hambre y dolor; por ejemplo, hay empleadores que cuando estamos enfermas no nos tienen consideración.

Pero la situación empeora cuando eres madre soltera; casi nadie quiere contratar a una mujer sola con hijos o embarazada. Eso es discriminación, pero no se sanciona, cuando hay una denuncia las autoridades fingen que no vieron, ni oyeron nada. Por ejemplo, yo vine cargada de muchos sueños e ilusiones y cuando llegue a la ciudad choque con la maldad de la gente, me costó mucho conseguir trabajo pues tengo un hijito.

De todas maneras, la más grande oportunidad que tenemos es poder estudiar, aunque a los y las empleadoras no les gusta que su trabajadora del hogar les pida ir al colegio; pero las mujeres migrantes tenemos que aprovechar, porque es un derecho que tenemos al que no podemos ni debemos renunciar.

A pesar de todo, quiero decirles a todas las compañeras que están pensando venir a la ciudad o piensan irse al exterior, que analicen si vale la pena dejar todo lo que conocemos en nuestra comunidad, poner en la balanza lo bueno y lo malo de dejar el campo y recién tomar la decisión.

Y tú amiga trabajadora del hogar, no permitas que nadie destruya tu felicidad, pelea cada día para terminar tus estudios ya que son bien importantes para nuestra superación en la vida.