sábado, 13 de agosto de 2011

LA VIOLENCIA SEXUAL

Por Cristina Ibáñez

La violencia sexual contra las mujeres es uno de los problemas más graves que tenemos que enfrentar las personas de todos los países en América Latina y del mundo. Se trata de abusos sexuales, que van desde el mismo trato a las mujeres hasta la violación física, psicológica o de sus derechos de elegir una opción.

Ha habido muchos planes para combatir este problema, pero poco se ha avanzado. Muchas veces se decía que la violencia sexual era un problema privado y por eso las víctimas no denunciaban a sus agresores. Sin embargo, ahora ha establecido que es un problema público, de interés general, que nos afecta de sobremanera a la sociedad; vulnera nuestros derechos como mujeres, niñas y jóvenes adolescentes; atenta contra nuestra vida, nuestra dignidad y nuestra libertad sexual.

La Constitución Política del Estado en su artículo 15 dice que “toda persona tiene derecho a la vida y a la integridad física, psicológica y sexual”. Y su inciso dos es más específico: “Todas las personas, en particular las mujeres, tienen derecho a no sufrir violencia física, sexual o psicológica, tanto en la familia como en la sociedad”. Supuestamente la ley de leyes nos estaría amparando, pero sabemos que no es así, ya que no se aplica.

La mayoría de los casos de violencia sexual contra las mujeres ocurre en los mismos hogares, y los agresores suelen ser los esposos, concubinos, padres, tíos, primos hermanos u otros parientes cercanos de la mujer. Incluso, allí, los hombres se creen dueños de nuestros cuerpos.

Un dato preocupante es que siete de cada 10 mujeres en nuestro país han sido víctimas de algún tipo de violencia, ya sea insultos, humillaciones, golpes, violación, esterilización o maternidad forzada, hasta asesinato.

Si hablamos del área rural, es peor, porque para muchas mujeres es normal que les peguen o que las violen, porque creen que los hombres tienen ese derecho. Por eso muchos casos se quedan sin ser denunciados ante la justicia y los agresores siguen vulnerando la integridad, la dignidad y los derechos de las mujeres. Más que todo, el problema los sufren las niñas huérfanas, las mujeres solas, las mujeres cuyas parejas se fueron y las viudas. Es que estas personas están expuestas a todo tipo de peligro en sus propias casas; difícilmente pueden defenderse en las comunidades alejadas de las ciudades; muchas de nosotras vivimos en precarias condiciones.

Hay autoridades en las comunidades, pero no nos protegen a las mujeres. Cuando vamos a quejarnos, nos echan la culpa y creen que nosotras somos las que provocamos esos abusos, por vestirnos bien o por hablar y reír con los varones.

Y si los agresores son denunciados, la justicia es muy contemplativa con ellos. Un ejemplo es que en los últimos años en las comunidades han ocurrido violaciones y asesinatos contra las mujeres de todas las edades, por las que los agresores fueron llevados a la cárcel. Ellos cumplían tres o cuatro años de prisión, pero después de salir cometían los mismos delitos e incluso se vengaban de las mujeres que los denunciaban. Para no tener problemas, la gente no los denunciaba y así las violaciones se repetían y repetían.

Nuestras autoridades no son capaces de defender los derechos de las mujeres en este tipo de delitos; los jueces son comprados por los denunciados y las víctimas se quedan desamparadas de la justicia. Ante eso, hay necesidad de que reflexionemos en nuestras organizaciones y entre las autoridades, porque el problema de ella puede ser nuestro problema, de nuestras hijas, hermanas, vecinas o compañeras.

LA VIOLENCIA SEXUAL

Por Cristina Ibáñez

La violencia sexual contra las mujeres es uno de los problemas más graves que tenemos que enfrentar las personas de todos los países en América Latina y del mundo. Se trata de abusos sexuales, que van desde el mismo trato a las mujeres hasta la violación física, psicológica o de sus derechos de elegir una opción.

Ha habido muchos planes para combatir este problema, pero poco se ha avanzado. Muchas veces se decía que la violencia sexual era un problema privado y por eso las víctimas no denunciaban a sus agresores. Sin embargo, ahora ha establecido que es un problema público, de interés general, que nos afecta de sobremanera a la sociedad; vulnera nuestros derechos como mujeres, niñas y jóvenes adolescentes; atenta contra nuestra vida, nuestra dignidad y nuestra libertad sexual.

La Constitución Política del Estado en su artículo 15 dice que “toda persona tiene derecho a la vida y a la integridad física, psicológica y sexual”. Y su inciso dos es más específico: “Todas las personas, en particular las mujeres, tienen derecho a no sufrir violencia física, sexual o psicológica, tanto en la familia como en la sociedad”. Supuestamente la ley de leyes nos estaría amparando, pero sabemos que no es así, ya que no se aplica.

La mayoría de los casos de violencia sexual contra las mujeres ocurre en los mismos hogares, y los agresores suelen ser los esposos, concubinos, padres, tíos, primos hermanos u otros parientes cercanos de la mujer. Incluso, allí, los hombres se creen dueños de nuestros cuerpos.

Un dato preocupante es que siete de cada 10 mujeres en nuestro país han sido víctimas de algún tipo de violencia, ya sea insultos, humillaciones, golpes, violación, esterilización o maternidad forzada, hasta asesinato.

Si hablamos del área rural, es peor, porque para muchas mujeres es normal que les peguen o que las violen, porque creen que los hombres tienen ese derecho. Por eso muchos casos se quedan sin ser denunciados ante la justicia y los agresores siguen vulnerando la integridad, la dignidad y los derechos de las mujeres. Más que todo, el problema los sufren las niñas huérfanas, las mujeres solas, las mujeres cuyas parejas se fueron y las viudas. Es que estas personas están expuestas a todo tipo de peligro en sus propias casas; difícilmente pueden defenderse en las comunidades alejadas de las ciudades; muchas de nosotras vivimos en precarias condiciones.

Hay autoridades en las comunidades, pero no nos protegen a las mujeres. Cuando vamos a quejarnos, nos echan la culpa y creen que nosotras somos las que provocamos esos abusos, por vestirnos bien o por hablar y reír con los varones.

Y si los agresores son denunciados, la justicia es muy contemplativa con ellos. Un ejemplo es que en los últimos años en las comunidades han ocurrido violaciones y asesinatos contra las mujeres de todas las edades, por las que los agresores fueron llevados a la cárcel. Ellos cumplían tres o cuatro años de prisión, pero después de salir cometían los mismos delitos e incluso se vengaban de las mujeres que los denunciaban. Para no tener problemas, la gente no los denunciaba y así las violaciones se repetían y repetían.

Nuestras autoridades no son capaces de defender los derechos de las mujeres en este tipo de delitos; los jueces son comprados por los denunciados y las víctimas se quedan desamparadas de la justicia. Ante eso, hay necesidad de que reflexionemos en nuestras organizaciones y entre las autoridades, porque el problema de ella puede ser nuestro problema, de nuestras hijas, hermanas, vecinas o compañeras.

viernes, 12 de agosto de 2011

INSTITUTOS SIN LICENCIA DE FUNCIONAMIENTO


Por Nelia Catari

En Bolivia existen muchos institutos académicos, fiscales y particulares. En el caso de los particulares o pegantes, los institutos tratan de atraer personas proporcionando becas de estudio en distintas carreras, ilusionando falsamente a la gente. Es una pena enterarse después de que estos institutos en los que muchas personas vieron una oportunidad de superación, trabajan sin la licencia de funcionamiento o las carreras que dictaban no están autorizadas.

Hay muchos institutos que hace años no actualizan estos permisos que deben ser otorgados por instituciones gubernamentales como el Ministerio de Educación, estos atraen personas mediante volantes que comúnmente reparten en las calles, donde hacen ofertas de estudio gratuito, pero finalmente les cobran por seminarios que deben tomar de manera obligatoria, es decir que lo de gratuito es un engaño.

Hay mucha gente que se interesa en capacitarse en estos institutos, sobre todo personas de bajos recursos, que terminan gastando mucho más de lo que les aseguraron que pagarían o terminan trabajando gratis, vendiendo algún producto cosmético, del instituto al que le deben mensualidades.

Institutos como la Merced, OLAC y OPEC usan estrategias como esta o la que consiste en la promesa de no pagar una mensualidad costosa si llevas incluso hasta cinco personas o más, para que también se inscriban en alguna carrera.

Estos institutos juegan con la necesidad de la gente que quiere superarse y lo peor de todo es que no tienen el aval del Ministerio de Educación.

Pero las autoridades del gobierno, en este caso del Ministerio de Educación, no toman acciones frente a la ilegalidad de los institutos. Los encargados del tema están enterados de que existen estos institutos, pero no les interesa el problema, no controlan o no hacen el seguimiento como deberían, ya que es su obligación. Nosotras como trabajadoras del hogar pedimos a las autoridades que asuman sus responsabilidades y actúen a favor de la ciudadanía.

miércoles, 10 de agosto de 2011

LA VIOLENCIA SEXUAL

Por Cristina Ibáñez

La violencia sexual contra las mujeres es uno de los problemas más graves que tenemos que enfrentar las personas de todos los países en América Latina y del mundo. Se trata de abusos sexuales, que van desde el mismo trato a las mujeres hasta la violación física, psicológica o de sus derechos de elegir una opción.

Ha habido muchos planes para combatir este problema, pero poco se ha avanzado. Muchas veces se decía que la violencia sexual era un problema privado y por eso las víctimas no denunciaban a sus agresores. Sin embargo, ahora ha establecido que es un problema público, de interés general, que nos afecta de sobremanera a la sociedad; vulnera nuestros derechos como mujeres, niñas y jóvenes adolescentes; atenta contra nuestra vida, nuestra dignidad y nuestra libertad sexual.

La Constitución Política del Estado en su artículo 15 dice que “toda persona tiene derecho a la vida y a la integridad física, psicológica y sexual”. Y su inciso dos es más específico: “Todas las personas, en particular las mujeres, tienen derecho a no sufrir violencia física, sexual o psicológica, tanto en la familia como en la sociedad”. Supuestamente la ley de leyes nos estaría amparando, pero sabemos que no es así, ya que no se aplica.

La mayoría de los casos de violencia sexual contra las mujeres ocurre en los mismos hogares, y los agresores suelen ser los esposos, concubinos, padres, tíos, primos hermanos u otros parientes cercanos de la mujer. Incluso, allí, los hombres se creen dueños de nuestros cuerpos.

Un dato preocupante es que siete de cada 10 mujeres en nuestro país han sido víctimas de algún tipo de violencia, ya sea insultos, humillaciones, golpes, violación, esterilización o maternidad forzada, hasta asesinato.

Si hablamos del área rural, es peor, porque para muchas mujeres es normal que les peguen o que las violen, porque creen que los hombres tienen ese derecho. Por eso muchos casos se quedan sin ser denunciados ante la justicia y los agresores siguen vulnerando la integridad, la dignidad y los derechos de las mujeres. Más que todo, el problema los sufren las niñas huérfanas, las mujeres solas, las mujeres cuyas parejas se fueron y las viudas. Es que estas personas están expuestas a todo tipo de peligro en sus propias casas; difícilmente pueden defenderse en las comunidades alejadas de las ciudades; muchas de nosotras vivimos en precarias condiciones.

Hay autoridades en las comunidades, pero no nos protegen a las mujeres. Cuando vamos a quejarnos, nos echan la culpa y creen que nosotras somos las que provocamos esos abusos, por vestirnos bien o por hablar y reír con los varones.

Y si los agresores son denunciados, la justicia es muy contemplativa con ellos. Un ejemplo es que en los últimos años en las comunidades han ocurrido violaciones y asesinatos contra las mujeres de todas las edades, por las que los agresores fueron llevados a la cárcel. Ellos cumplían tres o cuatro años de prisión, pero después de salir cometían los mismos delitos e incluso se vengaban de las mujeres que los denunciaban. Para no tener problemas, la gente no los denunciaba y así las violaciones se repetían y repetían.

Nuestras autoridades no son capaces de defender los derechos de las mujeres en este tipo de delitos; los jueces son comprados por los denunciados y las víctimas se quedan desamparadas de la justicia. Ante eso, hay necesidad de que reflexionemos en nuestras organizaciones y entre las autoridades, porque el problema de ella puede ser nuestro problema, de nuestras hijas, hermanas, vecinas o compañeras.

martes, 9 de agosto de 2011

LA MUERTE DE MUJERES POR SER MUJERES

Por Flavia Choqueticlla

En el país no es novedad la muerte de las mujeres por el simple hecho de ser mujeres. La violencia es el preámbulo de este mal que aqueja a nuestra sociedad. Así, de cada 10 mujeres, nueve son maltratados físicamente o psicológicamente por su pareja, su esposo, su novio, concubino, pretendiente o enamorado. También por antisociales que sólo ven a las mujeres como objetos sexuales.

En lo que va del año, según reportes periodísticos y de algunas organizaciones, se registraron más de 40 asesinatos de mujeres. La cifra no siempre muestra la realidad, pues muchos casos quedan en el anonimato, no se conocen.

Las leyes se convierten en letras muertas, porque pese a existir una ley contra la Violencia Intrafamiliar, está no se cumple, lo mismo que todos los tratados internacionales ratificados por el Estado boliviano, que adquieren rango de ley. Y no olvidemos que la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional también garantiza una vida digna a llevar sin violencia, mediante el artículo 15, inciso 2, que señala: “Todas las personas, en particular las mujeres, tienen derecho a no sufrir una violencia física, sexual o psicológica, tanto en la familia como en la sociedad”.

Con todos estos antecedentes, consideramos que ha llegado la hora de dar sanciones drásticas a los culpables, y esto se conseguirá solamente tipificando este delito en el nuevo Código Penal.